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La Decisión


El drogadicto, el alcohólico, la persona con severos trastornos de conducta, que incluye frecuentemente el delito grave: robo a mano armada, secuestro, incluso homicidio, arrastra a todos sus allegados al peor malestar no habiendo posibilidad de que se detenga solo en esa loca carrera hacia los accidentes fatales, la cárcel, las graves enfermedades, la hospitalización, los escándalos, la vagancia, el malgaste y desperdicio de sus vidas, el deterioro físico, el desorden alimentario, los trastornos psicológicos y psiquiátricos, el vacío en todos los órdenes, la auto-agresión y el suicidio, las pérdidas de los vínculos de solidaridad y participación, la pérdida de la capacidad lúdica y creativa en un marco de armonía social, terminando prematuramente en la muerte física.

Estos trastornos alteran profundamente la voluntad del sujeto, siendo imprescindible y fundamental partir de la base de que se debe dejar de considerar la posibilidad de una modificación espontánea de su conducta. No importa lo que el adicto quiera, ya que nunca puede elegir el mejor camino. Siempre ha elegido lo peor para su vida, no sabe elegir, se encuentra enfermo desde el punto de vista psicológico y eso lo lleva siempre a optar por conductas autodestructivas, riesgosas, mortíferas.

 

El adicto va a continuar diciendo
frases tales como:


“Yo ya soy grande y sé lo que hago”.

“No se metan en mi vida y déjenme tranquilo”.

“Yo la manejo”.

“Lo mío no es para tanto”.

“Yo al alcohol (o la droga) lo dejo cuando quiero”.

“Déjenme de joder la vida y ocúpense de sus cosas”.

“Dame una última oportunidad”.

“Te juro que voy a empezar el tratamiento”.

“Si me llegan a internar me mato”.

“Si me llegan a internar no me ven más el pelo”.

“Si me llegan a internar los mato”.


Estas y otras formas de extorsión mantienen a la familia y a la sociedad toda en la impotencia total.

El planteo que se propone está lejos de contraponerse a la importancia de tener en cuenta los elementos condicionantes “macro” de la problemática, tales como las consideraciones sobre las causales que se suelen tener en cuenta y que son muy pertinentes: pobreza, desempleo, crisis de valores, caída de la figura paterna, crisis económica, falta de oportunidades, deserción escolar, corrupción, falta de liderazgo, desnutrición, disgregación, violencia familiar, etc.

Pero este frecuentemente certero enfoque “macro” no nos resuelve el problema cotidiano y la pregunta es: ¿Qué vamos a hacer al respecto para encarar el problema hoy?

Dr. Eduardo Luis González - Médico Psiquiatra

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“LA DECISIÓN”

 

Los supuestos “saberes” sobre las adicciones desafortunadamente provienen de los medios de comunicación que invaden los diarios, los diales y las pantallas con hechos de inseguridad social: accidentes, robos agravados, secuestros express , uso de armas, asaltos a bancos, asesinatos a policías, etc., pero en general en la comunicación no se presta la debida atención a la presencia del alcohol y la droga, o ambos combinados, en la inmensa mayoría de dichos hechos.

Se dice que adicto significa “el que no habla”. Adicción sería, entonces, aquello de lo que no se habla. Por lo tanto, estamos en presencia de una sociedad adicta, ya que no habla de las realidades de fondo, y de lo que no se habla es de esta epidemia que parece tener un destino irrefrenable: la disolución de nuestra sociedad.


Ante esta realidad casi apocalíptica, escuchamos distintas soluciones y/o propuestas; entre ellas: política de “mano dura”, mayor represión, mayor armamento, bajar la edad de la imputabilidad, construir más y mejores penitenciarias, pero ni una palabra acerca de cómo limpiar de drogas y alcohol adulterado esos lugares.

En lugar de aumentar los sitios de tratamiento dentro y fuera de los penales con un criterio de “seguridad terapéutica”, sin juzgar se condena a muerte a los menores: se lo condena a muerte cuando el menor es violado, donde no se lo promueve como persona, cuando no se lo alimenta, cuando no se lo educa, cuando no se le proporcionan los medios adecuados, y ni siquiera se le puede alegar un tema de costos, dado que los costos de un tratamiento no llegan a la tercera parte de lo que desembolsa el Estado para mantener a un preso.

Toda intervención podrá ser objetada desde la perspectiva de los derechos individuales, pero no es posible que por garantizar ese derecho carguemos un mal mayor, cual es la desprotección de las personas, particularmente las jóvenes y adolescentes.

La sociedad tiene el derecho y el deber de salvarles la vida y garantizarles un futuro sin considerar las opciones, discursos, promesas o amenazas de los afectados, negadores y necesitados de ayuda.

Y mucho menos las opciones de aquellos que desde el confort de una ideología de “almas bellas” y buscando tranquilidad de conciencia y prestigio pseudo — liberal, humanista no hacen más que condenar a la ignominia, enfermedad y muerte a decenas de miles de compatriotas merecedores de mejor destino. Entre ellos se encuentran compartiendo esta postura, en el fondo prescindente y falta de compromiso, a muchos profesionales de la salud que esconden su pereza y su ignorancia detrás de frases como: “Si el afectado no quiere curarse nada puede hacerse”, o bien: “Es necesario dejarlo tocar fondo para que reaccione”. Reacción que nunca ocurre. O sea, no reconocen la gravedad de la situación como causal de violencia personal, familiar y social.

Entonces, se hace imprescindible constituir una red de complejidad creciente para asistir a los adictos y alcohólicos que tienen una enorme incidencia en la gestación de los actuales dramas de inseguridad pública, red que será apropiada en los niveles ambulatorios externos, hospital de día y de noche, etc., para aquellos que puedan cumplir con los términos de tolerancia cero para el alcohol, drogas y desorden de vida. Los que no pueden lograrlo deberán ser internados con amnesia familiar y/o judicial en “Comunidad Terapéutica de Puertas Cerradas”, estructura con una adecuada relación costo — beneficio en relación al ahorro del costo social que implica la problemática.

Se deberá cumplir con algunas premisas tales como: 1) No deberán ser internaciones de corto plazo, salvo que pueda garantizarse la tolerancia cero. 2) Se deberá procurar separar al afectado de todo contacto con fuerzas policiales y penitenciarias, pues no conocen el problema y con su intervención tienden a agravarlo. La policía deberá trabajar en el nivel de la oferta: reprimir y combatir el narcotráfico. La reducción de la demanda no es ni será de su incumbencia.

 

Dr. Eduardo Luis González - Médico Psiquiatra

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